Bristol & Bath

“Estuve en prisión por traficar con drogas” – Historias expats que nadie cuenta

Cuando llegó a Bristol en diciembre de 2012, nunca pensó que su experiencia en la ciudad iba a acabar en la cárcel. Christian (como lo llamaremos a partir de ahora, manteniendo así su anonimato) viajó de Málaga a Bristol con la intención de “pasar una temporada” y ganarse la vida aquí. No le fue fácil encontrar trabajo. Tampoco alojamiento. Empezó viviendo con un amigo en una habitación, hasta que lo echaron por ser una habitación single. Pasó entonces una noche en un hotel y, al día siguiente, perdió la oportunidad de alquilar una habitación tras quedarse encerrado en un ascensor. Aunque vino con ahorros desde España, pronto se le acabó el dinero, hasta que empezó como friegaplatos en un hotel. “Encontré una cartera en la calle y la devolví. Gracias a mi humildad, obtuve mi primer trabajo. Trabajaba 14 horas diarias, pero también salía y consumía mucho“, cuenta. Perdió casi 20kg en dos meses. A los treinta días de estar aquí, se quedó sin dinero y lo echaron de la habitación que compartía con un amigo. Estuvo dos meses “casi sin comer“. “No quería pedirle dinero a mi familia“, confiesa.

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“Encontré una cartera en la calle y la devolví. Gracias a mi humildad, obtuve mi primer trabajo”

Lo que empezó como un consumo propio de drogas, acabó convirtiéndose en tráfico ilegal de estupefacientes, algo que ya había probado en España. “Huí de España porque no me gustaba mi vida. Llevaba desde los 14 años metido en el mundo de las drogas. Tenía una adicción enorme, y sólo quería morir. Pensaba que todo iba a ser mejor fuera, pero pronto descubrí que todo Bristol estaba drogado. Hasta en mi trabajo se metían. En poco tiempo, todo el mundo se hizo con mi teléfono, y empecé a vender de todo como un loco. Las cosas comenzaron a irme bien, pero me lo fundía todo. Entonces me mudé de piso y monté allí el espacio que necesitaba. Dedicaba mis días a vender, y con mi novia todo eran peleas. Quería dejarlo. Me quedaban unas semanas vendiendo, y cuando se me acabara el material, lo dejaba“, relata. Su casa era un espacio de cultivo de marihuana y drogas más duras, como el MDMC. Llevaba el negocio en secreto, junto a otros compañeros ingleses, hasta que un día, la policía entró en el edificio alarmada por los vecinos.

“Cuando me detuvo la policía, hacía tan sólo unos días que le había dicho a mi novia que iba a dejar de vender. Quería desprenderme de lo poco que me quedaba. Pero entonces… llegó el karma”

Esa noche del año 2013, se había estropeado la cerradura de la puerta de acceso a casa, así que Christian llamó a un amigo para que le ayudara a abrirla. Dos patadas bastaron para tirarla abajo y entrar, con tan mala fortuna que uno de sus vecinos vio la escena y creyó que estaban robando. No dudó en llamar a la policía. Cuando los agentes se personaron en el lugar, encontraron más de lo que habían ido a buscar. “Bajé las escaleras y vi las gorras de los agentes. No me dio tiempo a decir nada. La casa apestaba a hierba. Todo mi calvario empezó en ese instante“. Los agentes le preguntaron si el olor venía de haber estado fumando o de la existencia de plantas en el edificio. “Les enseñé la habitación. Me leyeron mis derechos y me detuvieron“.

La policía registró la casa con la ayuda de una patrulla canina. “Intenté guardarlo todo, pero no me dio tiempo. Gracias a Dios, mis amigos, que aún estaban allí, guardaron mucho material, y los agentes no lo encontraron todo“. Le requisaron cinco teléfonos móviles, la Play Station 3 y su MacBook. “Durante dos horas, vi cómo la casa se me venía encima. Lo peor de todo era que antes de echar la puerta abajo, me habían llamado para entrar a trabajar en la Royal Mail. Había pasado la entrevista y empezaba al día siguiente“, confiesa. La policía lo dejó en libertad condicional pasadas las 24 horas, y le quitó el pasaporte. Empezó entonces “un infierno de año“, según cuenta.

Me acusaban de narcotráfico porque en mi teléfono había mensajes con cantidades y precios

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Ese año (2014) tuvo cinco juicios. “Me acusaban de narcotráfico porque en mi teléfono había mensajes con cantidades y precios. Podían caerme cinco años de cárcel, pero al ser MDMC y no MDMA, clase B y no clase A, jugué con eso“. El juez le dio entonces “un voto de confianza” y liberó su pasaporte. En ese momento, decidió ir a ver a su familia. “No los veía desde hacía un año. No les expliqué nada y me volví. Otro no hubiera vuelto. Yo lo hice, y entonces vinieron dos juicios más… y la cárcel“.

“Antes de entrar en la cárcel, el juez me devolvió el pasaporte. Aproveché para viajar y ver a mi familia. Otro se hubiese pensado volver”

Christian explica que entró en prisión “con la cabeza muy alta“, por miedo a que quisieran abusar de él por el hecho de ser español. En Inglaterra, no obstante, a diferencia de España, existe el código anti-bullying, según el cual, en las cárceles está prohibido abusar de alguien. En su celda, Christian tenía una litera, un armario, la televisión, el lavabo, una camiseta, unos pantalones de chandal, gel y una pastilla de jabón. “Entré en la cárcel con mis gafas puestas y sin dinero. Además, iba vestido con el traje que había llevado en el juicio. Tuve que buscarme la vida dentro. No me trataron bien. Se reían de mí por ser extranjero. No me dieron el smoker’s pack que te dan nada más entrar ni el PIN internacional para llamar a mi familia. El tabaco es muy importante en la cárcel, porque te calma la ansiedad“.

“Pasé dos meses sin apenas salir de mi celda”

Christian llevaba una semana sin calcetines, el mismo traje con el que entró y con zapatos de vestir, lavándose los calzoncillos en el lavabo, según él mismo relata, “y comiendo muy poco“. “Pasé mucho hambre. A las 12h me traían a la habitación el desayuno, que era la única comida caliente del día. A las 16h venía una fría, y a las 18h me traían un sandwich o un pequeño trozo de pizza y leche, y se acabó. Siempre la misma mierda. Un día exploté porque uno de los oficiales se rió de mí. Necesitaba el tabaco y necesitaba hablar con mi familia, y un día estallé. Le dije a un oficial que no aguantaba más y que iba a empezar a reventar cabezas. Acabaron dándome el PIN, y, al día siguiente, me echaron de la cárcel de Bristol y me mandaron a Portland. Me trasladaron allí en un furgón blindado con otros seis presos. Fueron cuatro horas de un incómodo traslado“.

Allí estuvo bien las primeras semanas; después lo trasladaron a una celda donde había tanto jóvenes como adultos. Christian era el único español. Pasó dos meses sin apenas salir de su celda, pues tenía el símbolo de los Illuminati tatuado en el cuello y eso traía problemas con algunos presos. “Había gente que me tenía miedo. Se pensaba que pertenecía a una secta o a una mafia. Otros me tenían asco y ganas. Había gente que sólo buscaba problemas. Yo no me metía con nadie… si no se metían conmigo“. Durante ese tiempo, vio varios episodios de apuñalamientos. Al cabo de un tiempo, para su fortuna, lo trasladaron a un módulo donde sólo había adultos.

Allí, recuerda, hizo amigos, e incluso se apoderó de la llave de su celda. “Pasaba la mayor parte del día fuera de ella“, recuerda. “Tenía más comida. Me llenaba de queso cheddar, y había buena gente. Los oficiales también eran mejores aquí. Empecé a trabajar y a hacer cursos. Iba al gimnasio tres veces por semana y corría por el patio. Recibía más visitas de mis amigos. Había incluso presos que me traían la comida que robaban de la cocina. En Portland, los encargados intentan que los presos estén bien. Nos quieren tranquilos para no tener problemas“. A estas alturas, su familia ya lo sabía todo.

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“Aunque no repetiría las cosas que hice, no me arrepiento de nada. He aprendido mucho de la experiencia”

Christian pasó cuatro meses en prisión de los ocho que le correspondían por buen comportamiento. Durante su estancia en las dos cárceles, conoció todo tipo de historias. “No era lo habitual porque estábamos separados, pero alguna vez me había cruzado con asesinos, violadores y pedófilos. He conocido a presos que llevaban 15 años en prisión. Algunos no sabían siquiera lo que era un smartphone. Otros no tenían ganas de vivir y me contaban que cuando se murieran sus madres, se suicidarían. También había muchos que mentían. Decían que estaban allí por un tema de drogas, cuando en realidad habían matado a alguien. Pero nunca les he tenido miedo. No le tengo miedo a nada“. El día que salió de la cárcel (el año pasado), Christian recogió las cosas de su habitación y recibió un billete de tren y 50 libras para gastos. Se fue a Bristol, donde pasó tres meses. Actualmente vive con su novia en España y lleva “nueve meses limpio, después de diez años sin parar de tomar“.

Christian tiene pensado volver a Bristol en septiembre y montar un negocio en la ciudad. En caso de que lo hiciera, su criminal record le impediría trabajar en según que profesiones, como la de trabajador social o babysitter, por poner dos ejemplos. “Soy una persona ambiciosa, que quiere avanzar, y ahora no podría trabajar en la Royal Mail. Tampoco con niños. O en multinacionales de prestigio“. Después de todo lo vivido, no obstante, asegura que no se arrepiente de nada. “Nunca me he avergonzado. No tengo nada que esconder. He vivido experiencias únicas en Bristol. No cambiaría nada, porque he aprendido de ello y eso me ha hecho madurar. Me ha servido como experiencia para aprender de los fallos y no cagarla más. Ahora soy más persona“, subraya.

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